viernes, 20 de abril de 2018

CRÓNICA DE ANDRÉS AMORÓS EN ABC DE LA DÉCIMO PRIMERA CORRIDA DE SEVILLA

Feria de Abril:
la triste Fiesta de toros sin toros

Manzanares corta la única oreja en una noble pero floja corrida de Juan Pedro Domecq

ANDRÉS AMORÓS

José María Manzanares, tras enterrar un estoconazo al segundo toro
José María Manzanares, tras enterrar un estoconazo al segundo toro - Efe
Gran expectación, cartel de “No hay billetes”, tres toreros artistas de distinta edad: en los cuarenta, Ponce; en los treinta, Manzanares; en los veinte, Ginés Marín. Las ilusiones se derrumban ante el petardo mayúsculo de los toros de Juan Pedro Domecq: han salido dos sobreros y ninguno de los ocho ha valido de verdad para nada. Manzanares se ha contentado con una oreja, en el segundo toro. Dos horas y tres cuartos de un lamentable espectáculo. En otra Plaza, hubiera habido un escándalo de orden público.
Más allá de la anécdota, conviene ir, orsianamente, a la categoría. Toda la vida, el toreo ha sido un arte único porque compaginaba la belleza con la emoción; había que dominar a un animal feroz, terrible, para, después, intentar crear belleza. La unión de las dos cosas creaba un espectáculo extraordinario. Parece que eso ya se considera una antigualla: “los tiempos adelantan / que es una barbaridad”. Según muchos taurinos, hoy en día se ha conseguido lidiar los toros más bravos que nunca. Eso repiten, muy ufanos. Supongo que se refieren a toros como los de esta tarde, que salen de chiqueros rodando por la arena o embistiendo ya con una templanza absoluta, antes de ser picados. (“Otra antigualla, la suerte de varas”, opinan). ¿Cuándo se ha visto que, de salida, un toro embista ya a cámara lenta, para deleite de su matador? Por eso, ahora, muchos diestros hablan de que van a la Plaza “a disfrutar”, no a pasar miedo ni a vencer dificultades.
Con estos toros, cuando el cartel reúne a verdaderos artistas – los tres de esta tarde, por ejemplo - , el público puede aplaudir la belleza de algún lance o muletazo pero se le ha hurtado la mitad del espectáculo, lo que le daba real grandeza: la fuerte emoción de ver como se domina a un toro con casta y fuerza. Dentro de poco, la mayoría de los publicos no sabrá qué era eso. Hemos caído en un lamentable esteticismo amanerado.
Bajemos a los detalles concretos. El primer toro sale ya cayéndose , como harán sus hermanos, pero embiste a cámara lenta, como si ya lo hubieran ahormado. Ponce lo tantea con suavidad y sucede lo de tantas tardes: una maestría indudable pero una falta absoluta de la emoción que proporciona el toro encastado. Aguanta Enrique que se pare a mitad, se mete entre los pitones: una porfía meritoria pero con muy poco sentido, que provoca la impaciencia del respetable. Mata mal. El cuarto se llama “Ojeroso” y parece salir dormido: flaquea, embiste cansino, apagado. Una vez más, se luce, como enfermero, con un toro que se queda muy corto. Toda la faena trascurre al grito, repetido, de “¡Vamos, toro!” Pero ni la maestría de Ponce le convence de que vaya… Comenta Eugenio: “Le está robando la faena”: es verdad, pero el botín que saca es muy escaso y vuelve a matar mal.

Muletazos majestuosos

Manzanares le toca el único toro que se mantiene un poco. De salida, embiste ya con la suavidad del carretón. Pica muy bien Paco María. Se luce José María en muletazos solemnes, majestuosos, con empaque; sobre todo, en los cambios de mano y los de pecho, al hombro contrario, describiendo casi un círculo. Logra una gran estocada y corta una oreja; con más ambición, hubieran podido ser dos. El quinto, por flojo, echa las manos por delante, sale del caballo gateando, se cae en banderillas; en la muleta, va y viene dócilmente (¿se puede decir eso de un toro bravo?). Dibuja el diestro algún muletazo con clase pero el toro dura poquísimo, se va de la muleta, desentendido. Recurre en seguida al circular invertido. El toro se ha rajado a tablas y, allí, Manzanares falla sorprendente y reiteradamente con la espada.
En el tercero, Ginés Marín dibuja verónicas a un toro ya templadísimo, de salida, que busca las vueltas y derriba al picador (el padre del torero): una ilusión de fiereza que pronto se desvanece. Brinda a Sergio Ramos, en un burladero. Muestra Ginés sus buenas maneras, muletea suave pero el toro se apaga en seguida; la única emoción, cuando se le para, en mitad del muletazo. Deja buena impresión pero, así, no cabe el triunfo. El sexto , “Jaguar”, más bien parece un cordero. Acierta el Presidente Luque devolviéndolo, igual que al primer sobrero. El segundo sobrero también se cae: hasta este paciente público está ya hasta la coronilla. Es imposible que Ginés consiga la emoción, aunque brinda al público, se esfuerza y mata bien.
Escucho a un vecino, indignado: “¡Es de denuncia!” Y a su compañero, más sutil: “¿A quién?” Asoma la guasa sevillana: “Por el mismo precio, hemos visto más toros…” No cabe duda.
Una vez más, hemos lamentado una Tauromaquia muy disminuida. Se busca aliviar, mantener y cuidar , en vez de poder, dominar y someter al toro. No hemos visto “Tres tristes tigres” (Cabrera Infante) sino seis tristes toros: los muy tristes toros que “se dejan”; los que buscan la “toreabilidad”, esa excusa; los que aburren a las ovejas y echan a la gente de las Plazas… 
¿Va a cambiar esto? No veo por qué. Mientras las primeras figuras sigan apuntándose a estos toros, seguiremos igual.

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