miércoles, 18 de abril de 2018

CRÓNICA DE ZABALA DE LA SERNA DE LA NOVENA DE LA FERIA DE ABRIL

El oro de José Garrido entre la grisalla

Trincherazo de José Garrido al primero de sus toros. ARJONA
El extremeño corta la única oreja y da una vuelta al ruedo en un espectáculo plúmbeo y lastrado por la corrida de El Pilar
El público en masa, que es sabio, se tomó la tarde como descanso. Y los aficionados que acudieron, como resignado trámite. Juan Bautista y López Simón coincidieron de azabache. De Christian Lacroix el diseño del bordado del galo. Grana su terno frente al burdeos del madrileño. De azabache también cuatro banderilleros de los 12 de las cuadrillas. Empate a seis entre el hilo negro y la plata. De oro sólo José Garrido. Y los seis picadores. 

El oro de Garrido distinguió también su toreo. Tan barroco a la verónica y alado en las chicuelinas de manos bajas. Así como inmediato el quite al puyazo. Directamente desde el peto. En plan Antonio Ferrera. Su maestro al fin y al cabo. En sus telas un toro importante de El Pilar, más concentrado su esqueleto que las líneas altonas y huesudas de otros de la corrida. Sí, la ascendencia Aldeanueva/Raboso pero... Sospechor se dio con entrega, repetición y humillación en su muleta. Acinturado y embrocado JG por su derecha. Que exigió con largura y ligazón. A todo respondió Sospechor. También por la izquierda. En una notable y aislada serie de naturales. La tela ofrecida y puesta. ¿Por qué una sola? Cuando la obra concluía y el torero extremeño vaciaba expresivos ayudados por alto con sabroso codilleo, sintió que se había dejado algo en el tintero. Y propuso su zurda de nuevo a última hora, provocando cierta sensación de desorden. O una extensión innecesaria. Aun así, si el toro hubiera caído pronto con el espadazo, la oreja presentida se habría materializado. Pero su tendida trayectoria demoró la muerte. Y la demora enfrió a la gente. La petición no cuajó y la vuelta al ruedo supo a premio de consolación. 

Bautista se encontró con una ecuación de alturas. No por la estrechona alzada del toro de El Pilar, sino por su contada fuerza y su pegajosa movilidad. No podía apretarlo abajo porque perdía las manos. Y, como no lo hacía, la informal acometida campaba libre. Suelta la cara también. Avanzada la larguísima faena, a veces consiguió gobernarlo por abajo. Que era por donde el pilarico había hecho cosas muy notables en el capote. Y entonces el francés le puso gusto a su izquierda. Perlas perdidas en el marasmo. 
A Bautista le devolvieron el cuarto por su manifiesta flojera. El sobrero explicó con sus hechuras por qué le habían adjudicado el papel de suplente. Sus 592 kilos y su amplísima caja -y todavía le cabían más- descompesaban el conjunto. El tonelaje venía vacío de fábrica. Quería el brutote sin motor. Jean Baptiste Jalabert paseó de puntillas su vestido de Lacroix. 
Alberto López Simón sorteó en primer lugar un toro enjuto, largo y alto. De aniñada y lavada expresión. Fue bravo, o bravucón, en el caballo. Los estrellones contra el peto sonaron con eco en la plaza. Dos puyazos traseros, escaso el último. Arreó y apretó hacia los adentros el pupilo de los Fraile en banderillas. Y saludó la apurada cuadrilla por su efectividad nada más. A Simón le sorpendió la tralla de las arrancadas. Tras un prólogo nada castigador, en un trío de tandas diestras impuso el ritmo el animal sobre el hombre. El fondo, más bravucón que bravo definitivamente, duró eso. Por el izquierdo ni descolgó ni se empleó igual. Y la cosa quedó como desangelada desde entonces. 

Devolvió la presidencia también al quinto. Aires de vaca vieja y desnutrida. Todo y sólo pitón. El segundo sobrero venía con el nombre de un toro de premio de El Pilar en Sevilla: Niñito. Muy suelto en los tercios previos, arrolló a Vicente Osuna en un volteretón terrible con los palos. Incruento afortunadamente. Apuntó cierto estilo en los albores de faena. Promesas falsas cuando se desfondó. López Simón vagó por allí. Pesaba ya la tarde como una plúmbea losa. 
Los vencejos de Mónica Fernández-Aceytuno se dormían en al aire. El último toro de la corrida de El Pilar desprendía seriedad y guasa sorda, y no tan sorda, en proporciones similares. Soltaba su cabeza con ásperos gañafones. Y se venía incierto y se vencía por dentro si José Garrido no lo tocaba por fuera con firmeza. Un esfuerzo de valor tremendo para que pasara todo aquello hacia delante. Amarró la estocada, que ahora contenía la muerte. La oreja premió sus arrestos cuando se cumplían las tres horas exactas de espectáculo (sic). 

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