Nico Fraile
Ya me lo advirtió mi querida amiga Carolina
Fraile, en su llamada puntual, cariñosa y generosa, de estas pasadas
navidades: “Bueno, te dejo, que me voy a ver a tío Nico, porque está muy
malito”. Algo había oído, pero no tenía referencias de tan extrema gravedad. Hoy,
la noticia de su fallecimiento me asalta como fatal confirmación de un
presagio. ¡Como lo siento!
Se suele atribuir a Unamuno
una frase tan demoledora como injusta: “Salamanca es una ganadería de
ganaderos”. Con todos mis respetos al ilustre literato, Salamanca, para
empezar, es una de las ciudades más bellas del mundo, y entre los salmantinos,
habrá de todo, como en botica. Y entre los ganaderos, también. Ahí están los Fraile,
por ejemplo, bien lejos de pertenecer a esa “cuernocracia” (epíteto,
también “unamuniano”) de falsete en la barra del Gran Hotel y codazo en el tendido
8 de la Glorieta. Los Fraile fueron, son, y serán (espero) ganaderos de una
pieza, ganaderos a pie de obra, de los de madrugón sobre la escarcha, marsellés
asolapado hasta las orejas y culera sobre silla de piel de borrego. Los
Fraile no se caracterizan por darle jujana a las figuras. Basta que acrediten
la buena raza de sus toros para, poco a poco, abrirse paso en los mejores
carteles de las grandes ferias. No siempre, desde luego (especialmente los
“gracilianos” de los herederos de Juan Luis están inscritos desde hace
años en la marginalidad), pero eso les ha pasado a todos los grandes ganaderos.
Y los Fraile lo son. Todos ellos, aunque dos hayan dejado ya el hueco a sus
herederos: Juan Luis, Lorenzo, Nicolás y Moisés. Cuatro piezas. Cuatro patas
que han afianzado el banco de una dinastía irrepetible.
Hace años que guardo del matrimonio
Fraile que hoy ha quedado fracturado un respeto personal que se acerca mucho a
la veneración. A raíz del terrible accidente en el que su hijo Juan Luis
perdió la vida entre los hierros del coche que fue arrollado por el tren en un
paso a nivel sin barrera. De aquello hace ya veinte años, y aún recuerdo el
abrazo y las lágrimas de aquella madre desolada, dándome las gracias “por el
cariñoso trato que le había dado a la noticia” en RTVE. ¡Qué cosas, Marivisi!
Con el mismo cariño y el mismo pesar
quiero enviar a esta familia abnegada y austera un abrazo virtual a través de
la inmensa Red que sirve de soporte a los párrafos precedentes.
No soy proclive al elogio fatuo que tanto
inspiran los catafalcos; pero siento que el mundo de los toros no solo ha
perdido un gran ganadero, sino un hombre genuinamente bueno. Hoy, en Valdefresno, los toros “lisardos” de Nico Fraile
sienten que el viento ha ido tejiendo una mala nueva por entre las encinas.
Están más rebotados que nunca. Y son más negros.

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