Jorge Polanco, triunfador en la Monumental de Pueblo Nuevo parte de una grata historia de la tauromaquia venezolana.
No sin sorprenderme recibo la llamada del matador de toros Jorge Polaco.
¡Grata sorpresa!
Además de saludar, recordar gratos momentos, quiere el torero hablar de su padre. Busco entre las crónicas o libros en la hemeroteca. Busco y encuentro en la hojarasca de recuerdos acumulado en Memoria de Arena, muchas las páginas que hablan de don Carmelo Polanco, de Bella Vista y de aquellos días cuando nacían las ganaderías venezolanas. Valiosas las referencias, entre ellas la anécdota que tiene que ver con aquella llamada que recibimos a mediados de 1970 del médico veterinario Manuel Zafrané Escobar.
Llamó Manuel Zafrané para informarme que Luis Morales Ballestrasi deseaba visitáramos su Hacienda de San Antonio en predios de Yaracuy, tierras de la ganadería de Guayabita, propiedad del conocido criador de purasangres de carrera.
Un grupo de jóvenes veterinarios, entre quienes estaba Manuel, asesoraba a los recién iniciados ganaderos venezolanos en un grupo entre los que se encontraban Marcos y Maribel Branger, José de Jesús Vallenilla, Carmelo Polanco y Luis Morales Ballestrasi.
Por aquellos días se construían otras ganaderías, también con ganado colombiano como Tierra Blanca en Barinas, propiedad de Manolo Chopera y Sebastián González, la de Bella Vista en la frontera colombiana, propiedad de Carmelo Polanco y en Carabobo la ganadería de Tarapío de Marcos Branger.
A la vez y por aquellos días pero por suelos larenses de Carora daba sus primeros pasos la ganadería de Los Aranguez, hierro que fue precisamente fundado con vacas de Guayabita tentadas por Carlos Martínez en su estado de ganado alzado por los bosques yaracuyanos, que los hermanos Alejandro, Raúl y Ramón Riera Zubillaga y el doctor Alberto Ramírez Avendaño le compraron al gerente autobusero Julio García Quintero.
Julio García Quintero, hombre muy ligado a Julio Azpurua y a los sindicatos del transporte, negoció con Morales Ballestrasi el rebaño de Guayabita que él, Julio García Quintero calculaba a la vista en 300 cabezas y que Luis Morales luego de tentar una amplia prueba de todo el rebaño censó en apenas 200 vacas.
La ganadería de Bellavista dejó de ser propiedad del grupo de tachirenses, sociedad liderada por Joel Cacique, quienes a través de negociaciones con Antoñito García, hijo de Francisco García, fundador de la divisa colombiana de Vistahermosa en Colombia pasó a manos de Carmelo Polanco.
Hombre simpático, Carmelo Polanco, franco y bonachón, representante en el Táchira y occidente de una importante firma de alimentos concentrados para bovinos.
Las deudas contraídas por la compañía de Bella Vista con la empresa eran cuantiosas y Bellavista debía muchísimo dinero.
Vino el embargo y Polanco con la deuda que los ganaderos tenían con él, adquirió buena parte de las acciones.
Más adelante una ejecutoria del Banco Nacional de Descuento (BND) puso en manos del banquero José Joaquín González Gorrondona la mayoría de los valores de esta sociedad ganadera y este piso de supervisor a su pariente Jota Jota Vallenilla.
Polanco se extasió con los triunfos de la divisa. Resonantes en San Cristóbal y Puerto Cabello. La divisa triunfaba gracias a los éxitos las reses de Antonio García, que en sus inicios en Venezuela se lidiaban a su nombre, hijo del fundador de Vistahermosa.
Carmelo fue por su carácter y sus triunfos el ganadero más popular de Venezuela. No había duda. Los titulares de la prensa eran suyos, gracias a los éxitos de sus toros convertidos en atractivo para el abono de Caracas con la presentación de una corrida de toros de la recién fundada ganadería de Bella Vista. Aparte de los éxitos alcanzados en Valencia y en San Cristóbal, templaba la fibra nacionalista que siempre vibra en las cosas de los pueblos.
Así que, Carmelo Polanco cumpliendo funciones de buenas relaciones comerciales organizó un viaje a la fronteriza Delicias, Táchira, donde estuvo por años Bella Vista. La intención y propósito era atender posibles empresarios, acercarse a la prensa y abrir al mundo las virtudes de sus toros además de tentar y probar un toro seleccionado para semental.
Federico Núñez, representaba a la empresa de Puerto Cabello y Sebastián González ya socio de Chopera y con un horizonte muy rico en proyectos , cruzaron la distancia que hay entre San Cristóbal y Delicias, pasando por Rubio y Bramón, pueblos cafetaleros sumergidos en montañas hermosas, que como Ragonvalia, Norte de Santander, y vecino a la finca, surgen como cuentas de rosario, con todo y sus misterios, camino a la frontera con Colombia productora de café y denominada en honor a un presidente colombiano.
Polanco improvisó con cañas y bambúes la barrera de su tentadero. Federico Núñez vistió con gran corrección al estilo del campo andaluz; zahones; botos de la Puebla del Río; calzona de paño fino; camisa de chorreras; capotes y muletas de estreno. En fin, la perfección.
Como invitados especiales Sebastián González, empresario de Caracas, Antonio Pardo, publicista porteño y Santiago Guevara, de la empresa de Puerto Cabello.
La sorpresa era el novillero. Se trataba de Jorge Polanco, hijo de Carmelo, que quería ser torero. Apenas saltó a la arena el toro, un bien armado cárdeno con unos cuartos traseros empulpados, se echó a los lomos al novillero Polanco que intentó pararle.
En el suelo, el toro, certero y con asesinas intenciones, le metió el pitón hasta la cepa, abriéndole un boquete en el pecho surgiendo de inmediato un torrente de sangre. Un caudal que apenas detuvieron taponeando la herida. El camino, serpentina que abría las altas montañas, se hizo interminable. Sentían que se les iba la vida del muchacho entre la angustia y la desesperación que da el saberse impotentes por resolver tan grave percance.
Carmelo sólo atinaba a decir: “Cómo es esto posible, Señor. ¡Cómo! Si hace una semana le toreó muy bien. No; no entiendo, cómo haya podido pasar esto, si él sabía cómo torearle. ¡Hace no más una semana lo había hecho, y lo hizo muy bien!”.
Apenas saltó a la arena el toro, un bien armado cárdeno con unos cuartos traseros empulpados, se echó a los lomos al novillero Polanco que intentó pararle.
En el suelo, el toro, certero y con asesinas intenciones, le metió el pitón hasta la cepa, abriéndole un boquete en el pecho surgiendo de inmediato un torrente de sangre. Un caudal que apenas detuvieron taponeando la herida. El camino, serpentina que abría las altas montañas, se hizo interminable. Sentían que se les iba la vida del muchacho entre la angustia y la desesperación que da el saberse impotentes por resolver tan grave percance.
La corrida de Puerto Cabello fue lidiada por el cordobés Florencio Casado “El Hencho”, José Falcón y Joselito López. Falcón dejó una gran impresión, El Hencho triunfó y recibió una cornada, y Joselito López estuvo valiente ante toros muy encastados.
En Caracas la corrida tuvo mucho trapío. Paquirri estuvo muy bien, lo mismo que Efraín Girón y José Falcón. Recuerdo que Antonio Ordóñez testigo de la corrida aquella tarde comentó, favorablemente, la casta de estos toros.
Era César Girón un mar de contradicciones, y los contrastes surgían durante su metamorfosis existencial la que lo llevaba en un tránsito desde las raíces profundas de sus orígenes sociales, hasta la suma elevación de sus logros profesionales. Se sabía triunfador, pero su drama era lo que quería y necesitaba, era en especial Venezuela y que los venezolanos, se enteraran de sus triunfos y de sus logros, festejaran sus éxitos y le reconocieran sus sacrificios.
En su egoísmo y su vanidad no comprendía que algo tuviera más mérito que lo hecho por él: haber llegado a España con una maleta de cartón y una espada, y haber regresado con las arcas llenas, haber sido un desconocido en España y el haberse tuteado con marqueses y marquesas en El Pardo junto al Generalísimo Francisco Franco.
Un Pizarro, un Hernán Cortés, un conquistador venezolano, que fue Girón y conquistó a España, sometiendo a los españoles quería someter el recuerdo de su niñez, de su origen, de su clase, en un país clasista, mestizo, bullanguero.
¡Cómo le gustaba que dijeran que él, César Girón, era “Venezuela vestido de luces”!
Organizó en Valencia la empresa Mycepa, nombre que reunía en sus sílabas los tres nombres de sus queridísimos hijos: Myrna, César y Patricia.
Manolo Chopera no se encontraba a gusto en Valencia. Es la verdad. No entendió la plaza grande ni a los valencianos, y la última corrida que dio fue el debut de la ganadería de “Bellavista”, festejo en el que actuó César Girón.
César, José Fuentes y Curro Vázquez. Terrible fracaso económico que aprovechó Manolo Chopera para hacer una limpieza de corrales lidiando los seis toros de “Bellavista” y otros tres de ganaderías mexicanas.
Declaraciones en la prensa de César Girón, sobre la corrida de “Bellavista”, provocaron que Carmelo Polanco, propietario de la vacada, respondiera furibundo contra el maestro del toreo. Lo cierto es que los toros que se anunciaron como de “Bellavista” ni siquiera habían nacido en el país. Habían venido como pie de cría de Colombia. Los trajo Antonio García, desde las sabanas de Bogotá donde está la finca El Cairo de Francisco García, con la intención de fundar él, Antoñito, una ganadería.
Lo que sucedió fue la primera reacción de una cadena infinita de lloriqueos de los ganaderos venezolanos. Fue la primera lágrima de los nuevos ganaderos, de los que seguirían un supuesto camino de sacrificios y de venezolanidad, en el que reclamarían una especie de “Patente de Corso” para actuar casi siempre al margen de las ordenanzas y
reglamentos, exigiendo las notas del himno nacional y el cobijo del tricolor patrio por cada movimiento que realizaran, como si el criar ganado bravo fuera una actividad sagrada que le da privilegios sobre el resto de los ciudadanos.
La arremetida, ofensiva por cierto, de Carmelo Polanco contra César Girón, no era la primera vez.
Polanco anunció en una entrevista concedida a Últimas Noticias, la prohibición de pisar su ganadería de Bella Vista. Seguía Polanco el ejemplo del propietario de Guayabita, Luis Morales Ballestrasi que también quería demostrar su poder, enfrentándose al maestro Girón.
Los criadores de “Bellavista” y de Guayabita preferirían en el futuro que aspirantes a novilleros, toreros fracasados y aficionados prácticos, les hicieran los tentaderos.
Los resultados no se hicieron esperar. Hoy de “Bellavista” y de “Guayabita, no queda ni el nombre, solo el recuerdo de una memoria ficticia que se repite a manera de leyenda en una historia llena de mentiras.
César Girón también encontró cerradas las puertas en “Guayabita” y nunca le invitaron a la ganadería los propietarios de “Tarapío”, donde hacían los tentaderos Tomás Parra y Joselito Torres.
A Girón, un torero que era invitado a las mejores ganaderías de España, el Perú, México y Colombia, para hacer los tentaderos, para tentar los machos, mastri que gozó de gran cartel como tentador, le cerraron las puertas de las ganaderías en Venezuela.
El único ganadero que respetó y le guardó fidelidad a César Girón fue el doctor Alberto Ramírez Avendaño socio de la ganadería larense de “Los Aranguez”.
César fue de muchacho su compañero de Ramírez Avendaño, desde los pupitres de la escuela en sus inicios taurómacos bajo la guía de Manuelote y del maestro Pineda, y también cuando la nació la ganadería en Carora con la inspiración de Alejandro Riera Zubillaga y de Alberto Ramírez Avendaño, pues fue César Girón el que puso en contacto a Riera y a Ramírez con los ganaderos colombianos, Francisco García y Ernesto González y el doctor Benjamín Rocha que poseía en Bogotá una ganadería fundada con reses procedentes de Francisco García y de Santa Coloma, y otra que pastaba en un emporio arrocero que Rocha tenía en el llano colombiano. Las dos ganaderías de don benjamín Rocha Gómez, la de Achury Viejo, en Sesquilé, Cundinamarca, y la de El Aceituno, que estaba en el llano, se crearon luego de una experiencia poco afortunada con reses de Francisco García y de Mondoñedo.
Rocha Gómez fundó Achury con las únicas vacas que vendió para América don Agustín de Mendoza, el Conde de la Corte, y con vacas de Soler. César Girón, como gran aficionado que era, y buen conocedor del toro de lidia sabía muy bien el valor de la sangre de los toros del Conde de la Corte, rancia procedencia de la ganadería fundada a finales del siglo XVIII por el Conde de Vistahermosa.
Fueron Alberto y Alejandro Riera con César Girón a tentar en casa de don Benjamín Rocha. En Achury Viejo, la finca que poseía Rocha en Sesquilé, cerca de Bogotá, en un hermosísimo paraje con una casa solariega que dicen sirvió de abrigo y de posta en el camino al Libertador Simón Bolívar, cuando el caraqueño iba y venía de Bogotá, se aprobó un toro de nombre “Almejito” que luego sería un factor importante en la fundación de la ganadería de “Los Aranguez”. Este toro, nacido en Colombia, estaba marcado con el hierro andaluz de don Joaquín Buendía Peña. Ignoro el porqué, pero aseguraban que era puro en su origen, es decir hijo de vaca española y de padre español. Sus hechuras denunciaban una marcadísima procedencia ibarreña; al extremo de parecer más un toro de Murube que de Santa Coloma.
No se pudo adquirir, a pesar de los esfuerzos de César Girón, el ganado condeso y en su lugar, con base de Guayabita, se enfiló “Los Aranguez” en su formación hacia otros derroteros, pero sin la supervisión de César Girón, quien había recomendado adquirir ganado mexicano antes que meterse en los laberintos que significaba “Guayabita” u otras ganaderías colombianas.
La amistad surgida entre Ramírez Avendaño y los criadores de La Sabana de Bogotá, los hijos de Rocha, Antonio García, el pintoresco Santiago Dávila y la hija de la mítica Clara Sierra, Isabelita Reyes de Caballero, merece otro comentario. Es una sociedad de ganaderos que reflejaba la forma y el fondo de lo que siempre ha sido la gente de Bogotá. Gente distinta a la del resto de la América Latina, gente que es profundamente cristiana en sus formas, actitudes y posiciones, pero grandemente injusta en aquello de “amarás a tu prójimo”.
Todo esto hizo que la meta de Los Aranguez, para fundar la ganadería, centrara su meta en el rebaño de Colombia. Más tarde adquirirían en el Valle del Cauca, en casa del doctor González Piedrahita, vacas de Las Mercedes. Estas vacas “gonzaleras”, protagonistas importantes en la base de la ganadería brava venezolana, sirvieron, más tarde, como pretexto para que naciera la amistad entre Jerónimo Pimentel, matador de toros madrileño, de Cenicientos, y Alberto Ramírez Avendaño.
En México, César tenía mucho cartel, y muy buenos amigos ganaderos. Entre los criadores estaba el ingeniero Federico Luna propietario de La Laguna, una de las vacadas más puras de Saltillo, ganadería que en su mejor época fue elogiada por “Manolete” y las grandes figuras del toreo, y César tenía manera de adquirir vacas y sementales laguneros.
¡Claro! Había una gran diferencia en los precios de “La Laguna” y las buenas ganaderías mexicanas y “Guayabita”, y, por supuesto, ¡en calidad! Esta “diferencia de precios” sería siempre una gran diferencia entre las ganaderías venezolanas y las del resto del mundo; por eso no tardaría para que el ganado que forma la cabaña brava venezolana, formado con desechos de desechos, se convierta en el sótano del edificio de la ganadería mundial.
Por eso César me decía:
“Esas vacas que hoy compran en dólares, mañana las venderán a locha. Este negocio no es para limpios. Si se quiere tener una buena ganadería, ser ganadero de postín, hay que gastar dinero”. Las cosas han sucedido mucho antes de lo que César Girón lo vaticinara.

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