domingo, 27 de septiembre de 2020

SOLO RECUERDOS, GRATOS RECUERDOS DE AQUELLOS FESTIVALES EN MÉXICO Por Víctor José López EL VITO

  

Antoñete, Chucho Solórzano hijo y Manolo Vazquez


Chucho Solórzano reunió un grupo de amigos que invitó participar en cuatro festivales que organizó para cuatro plazas en México. 

El primero en Mérida, Yucatán, luego otro en Cancún y pegando un enorme salto a Guadalajara Jalisco, para al final rematar en el Rancho del Charro de Polanco, en Ciudad de México la sede de la Asociación de Charros Mexicanos

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Entre los toreros fijos para el tour estaban Manolo Vázquez, Joselito Huerta, Manolo Arruza y el mismo Chucho quien me llamó tarde una noche, como es el horario de las llamadas telefónicas de los taurinos,  para solicitar que “… por favor, habla con Antoñete porque será muy bonito reunirnos en estos cuatro festivales”.

 

Antonio con la parsimonia que le caracterizó vertió la bolsita de azúcar en la taza y a su estilo, contra reloj, revolvió el café con leche. 

– Voy si vas tú. 

 

Llegamos a Mérida donde nos esperaban Jaime Rangel y Salerito el famoso Mozo de Espadas que Chucho Solórzano Pesado heredó de su padre el maestro Chucho Solórzano Dávalos torero histórico el moreliano torero de la época de Manolete que en Maracay la temporada “monstruo” organizada por don Andrés Gago dejó almibar en el paladar de los aficionados venezolanos.  Cuentan que el maestro Chucho Solórzano, padre tenía en su casa, en una pared de la alberca un azulejo que dice: 


-“El que trabaja es porque no sabe hacer otra cosa”.

Temprano a la plaza, para conocer de cerca los toros a lidiar.

 Bellísimos los novillos los que, con las ocurrencias de Salerito, lucían hermosos y arrogantes. Luego de una vuelta en un coche, tirado por dos hermosos y nerviosos caballos, nos pegamos una vuelta por El paseo Montejo, bellísima avenida homenaje de los yucatecos a al fundador de la Ciudad Blanca. Luego del festival pie en tierra y en una camioneta que condujo Manolo Arruza hasta Chichen Itzá, convertido el grupo en una academia taurina, emprendimos camino a Cancún, a un par de horas por una carretera rodeada de sabanas xerófilas y de esparcidos oasis, manchas cerradas con vegetación que cuida de los cenotes, que son cavernas profundas, pozos de agua fresca y cristalina, ideales para bañarse y para bucear, hacer snorkel en el agua fresca y transparente. Los cenotes son sagrados para los mayas, cuentan que en estos pozos sacrificaban doncellas cuyos huesos aún reposan en honda profundidad camino a la eternidad.

 

Y la tertulia, de no haber sido porque la carretera y el viaje tienen finiquito, habría sido también eterna. Tertulia con animado tema surgido de una ligera conversación muy repetuosa y aparentemente superficial, de una pregunta que le hizo Manolo Arruza a Chucho Solórzano sobre su experiencia de amistad con Antonio Ordóñez. 

- Un gran torero, comenta Remedín Gago de Vázquez, hija de don Andrés Gago.

-¿Un hombre difícil? Comentan.

-Indiscutible figura del toreo, trenza en la conversación Antonio Chenel “Antoñete”…

-¿Amigo tuyo, Chenel?

- Admirado por mí, … no es así Manolo?

 Dirigiéndose a Manolo Vazquez, el gran torero sevillano que Madrid adoptó en afecto y admiración.

-No hay duda de ello, Antonio. No hay duda alguna, lo que es incomprensible es que no se haya encendido la llama para la hoguera de una rivalidad entre los dos antonios.

-Fueron los dos en su día los más puros del toreo. Palabras de Manolo Arruza que Chucho Solórzano confirma al afirmar, dirigiéndose al grupo en estado catedrático, solemne como era Solorzano cuando defendía posiciones:

 - Es cierto eso que afirman ustedes de Antonio Ordóñez, pero no es menos cierto que está entre nosotros hoy, en este momento, la expresión cumbre del clacisismo taurino. Antonio Chenel “Antoñete”.

Manolo Vazquez se hiergue y ratifica lor expresado por Chucho Solórzano, organizador de este tour que por taurino, hermoso y afectivo guardaremos eternamente conovidos por el hecho que cada minuto de tan maravillosa estada ha sido para nosotros un tesoro.

Tesoro que se enriqueció el Guadalajara, con la presencia de Manuel Capetilloy la actuación de Eloy Cavazos. 

Reforzándose en el Lienzo Charro de Polanco cuando Luis Procuna, el berrendito de San Juan, bajó del tendido para reendirle un sentido homenaje a Antonio Chenel “Antoñete” en presencia de la directiva de la Asociación de Charros Mexicanos, una agrupación que hoy como nunca está de pie y en armas en defensa de la Fiesta de los Toros en México.

Son aires que llegan a la memoria cuando la refrescamos con recuerdos de los cenotes de Chichedn Itzá.

 

 

 

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