martes, 24 de septiembre de 2019

GUAYABITA, LA DIVISA DEL TRISTE DESTINO Por EL VITO


Una tarde de junio de 1970 recibí una llamada del médico veterinario Manuel Zafrané Escobar. Me invitaba a un tentadero  en Guayabita. Nunca  había estado en una ganadería brava, mucho menos en un tentadero.

Tentadero de la plaza de Guayabita


  Mi amigo Manuel Zafrané me manifestaba el deseo de Luis Morales Ballestrasi, propietario de la ganadería, para que visitara su Hacienda de San Antonio en el estado Yaracuy donde pastaba  Guayabita y que había programado faenas camperas para la retienta de las vacas de la ganadería que recién había comprado.
Eran aquellos días cuando en el campo venezolano comenzaron a formarse con ganado colombiano varias  las ganaderías. La de Tierra Blanca con vacas mexicanas de Torrecilla y colombianas de Las Mercedes, propiedad de Manolo Chopera y de Sebastián González.
La ganadería de Bella Vista, que había sido fundada con reses de la bogotana  de Vistahermosa propiedad de Francisco y de su hijo Antonio García y que ahora era propiedad de Carmelo Polanco. Eran los primeros días de Tarapío, la ganadería de Maribel y de  Marcos Branger que llenó de competencia en ambiente gracias a la gran afición de la familia Branger y del espíritu venezolanista de don Juan Ernesto... Daba sus primeros pasos la ganadería de Los Aranguez fundada con vacas de Guayabita que los hermanos Alejandro, Raúl y Ramón Riera Zubillaga y el doctor Alberto Ramírez Avendaño le compraron al gerente autobusero Julio García Quintero ganado de Guayabita procedente de Pallarés para más tarde en el camino de adquirir reses de González Piedrahita.

Jesús Salermi ilusionaba con sus triunfos en Caracas  
Julio García Quintero fue un hombre muy ligado a Luis Miquilena y a Julio Azpurua, a los sindicatos del transporte y personalidades de la política nacional, que negoció con Morales Ballestrasi el rebaño de Guayabita que él, Julio García Quintero, había calculado a la vista en 300 cabezas y que Luis Morales dudaba, porque luego hizo una amplia retienta de todo el rebaño, que apenas superaba las 200 vacas.  Muy de madrugada fui hasta Valencia donde vivía Manuel Zafrané. 

Carlos Martínez proyectaba como una gran figura de la fiesta, hasta que en Puerto Cabello lo detuvo un serio percance. 
En compañía de los veterinarios Tomás Descriván y César Scovino, los novilleros Carlitos Martínez, Jesús Salermi y Rafael Ponzo y el picador de toros Miguel Gil “El Charro” fuimos hasta la finca de San Antonio, cerca de Boca de Aroa, donde estaba el hato que Luis Morales había rescatado de Guayabita.  Luis Morales y Miguel Gil “El Charro” retentaron todo el ganado guayabitero. La ganadería, que había adquirido su nombre de la finca de La Guayabita, vecina de Turmero, donde los hermanos Florencio y Juan Vicente Gómez Núñez, hijos del general Juan Vicente Gómez la fundaron en el decenio de los treinta. Guayabita, al morir el general Gómez pasó por  manos de mucha gente, siendo maltratada como ganadería de mucha calidad que fue en sus orígenes. Este evidente maltrato provocó al inteligente periodista Oswaldo Pérez Estévez bautizarla con el nombre de “la ganadería de triste destino”. Fue una reacción en un momento de justificado enojo como aficionado, ya que Pérez Estévez fue testigo de  cómo desbarataba un gran esfuerzo irrepetible en la cría del ganado bravo en Venezuela.
No hay duda que ha sido una cruz el tránsito de la ganadería de Guayabita en la historia, pues mientras su rebaño hermano ha fundado hierros de abolengo en España como Benítez Cubero y Lora Sangrán, la parte de Pallarés del Sors que vino a Venezuela por recomendación del rejoneador Antonio Cañero y de Juan Belmonte a los hijos de Gómez fue maltratada por la ignorancia y la improvisación con los más desastrosos cruces. 
A pesar de todas las calamidades a que la ignorancia e inconsciencia sometieron a su generosa sangre, Guayabita fue capaz de sembrarse en el surco de otra ganaderías, como el caso de Los Aranguez, que nacía de las vacas guayabiteras en los valles caroreños de Los Caballos y Copacoa, la misma época en que Morales retentaba el rebaño de Guayabita de lo que nos quedaba de Pallarés en Venezuela.  

Luis Morales ha sido un exitoso criador del purasangre de carreras. Tuvo la suerte de sentir la prolongación de sus triunfos en el hipismo en los éxitos de su hijo Carlos, un preparador de grandes triunfos en La Rinconada y en óvalos de los Estados Unidos. En su juventud Luis Morales  destacó como deportista, y llegó a ser profesor de natación en el Casablanca Tennis Club. Su amor e intuición hacia el purasangre, le llevaron desde los boxes y cuadras de los hipódromos hasta los encopetados despachos del Directorio del Instituto Nacional de Hipódromos y los salones del exclusivo Jockey Club de Venezuela.
 Posiblemente ese éxito apasionante, le entusiasmaría a probar con el toro de lidia. 
Dos días con sus noches estuvimos en la Hacienda San Antonio en las costas del Yaracuy. Mañana y tarde se tentaron vacas y becerras. Las hubo mansas como en todas las ganaderías del mundo, pero también saltaron a la arena reses de una bravura y de una nobleza que pocas veces he visto en otras vacadas.  Carlos Martínez, Jesús Salermi y Rafael Ponzo hicieron el largo y laborioso tentadero. Ponzo por primera vez en su vida toreaba ganado bravo. 
Luis Morales conversaba e intercambiaba ideas con todos. Descubrí a un hombre de un criterio muy firme y de una inteligencia sumamente aguda que defendía con un humor lacerante. No se casaba con lo que veía y discernía y comprobaba, pesaba y juzgaba con la razón. Creí ese día que estaba ante el hombre que salvaría la ganadería de Guayabita, la “del triste destino”. Lamentablemente no fue así; y la culpa no fue de Luis Morales. No hay dudas de que hizo sacrificios exigido más allá del deber. Dentro de su existencia había un reto, que nunca descubrí.  Cuando Luis Morales llegó a la Hacienda San Antonio, encontró una selva agresiva, invasora, tupida e impenetrable donde crecían como animales salvajes las reses de Guayabita. No había otra cosa en San Antonio que abandono y un desorden imposible ordenarlo. 
Me contaba Luis en las noches bajó el techo de zinc de aquella casona primitiva en San Antonio, que había que meterse a pie en la montaña para cazar las vacas y  lazarlas para reunirlas. El ganado se confundía con la fauna de aquellas inhóspitas tierras. Muchas reses se habían escapado más allá de los linderos de San Antonio. Mucho ganado con mucha edad y sin herrar. Los muros de la casa apenas podía sostener el techo de zinc. El calor era infernal. Los mosquitos y bichos nocturnos nos azotaban. Las lluvias torrenciales hicieron intraficable los caminos. Para salir de San Antonio, tuvimos que atravesar la finca de un general retirado, cruzar  desfiladeros por unos puentes hechos de rieles de trenes, sorteando río enfurecidos jugándonos en serio la vida. 
Luego, otro día, muchos años después, volví con Curro Girón a San Antonio Fue la segunda y última vez que visité la ganadería de Luis Morales, en manos de Alejandro Mondría y con Ventura Peña como mayoral. Encontré cambios profundos. Hermosos potreros, muy bien delimitados. Vaqueras con vacas finas y de calidad que producían suficiente leche y caballerizas con hermosos y briosos potros para las faenas camperas. Se habían sentado las bases para desarrollar una finca moderna y estaba en plena construcción una plaza de tientas ambiciosa, muy lujosa. También se proyectaba una gran casa con puertas de finas maderas, labradas, con ventanales protegidos con hierros forjados muy hermosos. Casa de amplias habitaciones para el dueño y su familia, que se refrescaría con aire acondicionado, y donde la tela metálica impediría la plaga. 
Hablaba Luis de mucho señorío, de cientos de comodidades para sus amigos, los invitados de mucha categoría que serían huéspedes en Guayabita. Recuerdo, entre las muchas cosas que Luis me dijo, que construiría unos baños y unos cuartos juntos al tentadero “para que se aseen los toreros, se vistan y nada tengan que ir a buscar a la casa de la familia”. Arrastraba alguna pena y muchos complejos que nunca pudimos saber qué fuente las vertería.

Todo aquello desapareció a pesar que sangres distintas a la que los Pallarés que fundaron la vacada se mezclara al paso de los años con el vino lusitano de Palha . Hoy existe la herencia de Guayabita porque Hugo Domingo Molina, con el sentido multitudinario que propagara en su día el ganadero fundador don José Vazquez se ha atrevido cruzarla por toros y vacas procedentes de los encopetados Domecq de Vistahermosa, jandillas y juanpedros y uno que otro Garfias, simplemente porque el ganadero de Táriba no quiere que desaparezca el toreo en Venezuela. 


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