martes, 16 de julio de 2019

PAMPLONA por PATRICIA NAVARRO: Rafaelillo, predestinado a un Miura que le hiriera

Rafaelillo sufrió una «cornada envainada en hemitorax izquierdo»

«Rabanero» traía todos los miedos juntos, apretados, como si llevara la historia de la casa apelmazada, hecha pedazos y jirones en cada uno de los kilos de su extensa construcción ósea. Era una escalera en su estructura. Alto, no, eso era otra cosa. Altísimo. Sacaba una cabeza no a Rafaelillo, que también, si no que cuando se asomaba al burladero era espeluznante aquello. Toda una aventura al alcance de muy pocos. “Rabanero” venía con la sangre fresca de la mañana y el mal fario que eso destruye los sueños y los ánimos por igual como una apisonadora. Tres heridos. Tres cornadas. Y salió a escena el primero para la última de San Fermín, porque así lo quiso el destino, así lo quiso el sorteo a mediodía. Una larga cambiada de rodillas fue el desafío que le honró para su puesta en escena. La de Rafael, que llamarle Rafaelillo, delante de ese pedazo toro hasta cuesta. Cogido del estribo comenzó la labor. Luego, la bestia, que no había humillado, bien es cierto que es marca de la casa, comenzó a orientarse y tirar derrotes. No era fácil. Nunca lo fue. Pero Rafael no volvió la cara. No es torero de eso. Resolvió la faena, pero le aguardaba el papelón de meter la espada a un toro que era un 4x4 y nunca jamás tuvo la deferencia de humillar. Un pinchazo precedió a una estocada de mucho mérito. Y así, Rafael acabó, con un derroche de dignidad, con la leyenda negra de «Rabanero» y el cuerpo entero.
Luego vino el destino con sus cartas guardadas a desvelarnos un camino incierto. Se decidía Rafael a torear al cuarto de rodillas cuando el Miura le cogió de una manera bestial, estampándole contra las tablas como un muñeco. Espantosa la escena. Intentó reponerse, pero no era posible. Acabó Octavio con un toro complicado, mientas ansiábamos noticias de la enfermería.
Juan Leal vino a por todas, sin medida y sin fisuras. A la puerta de toriles se fue a recibir al tercero y si no es porque hace un cuerpo a tierra esta crónica hablaría de tragedia. Siguió, como siguen los valientes, con largas cambiadas y con un quite de quitarnos el hipo. Qué bestia. Sublime su cuadrilla, Marc Leal y De los Reyes y no hablamos de un camino fácil. Todo entregó después en la faena de muleta a ese toraco que iba y venía con casta, pero sin entrega, por arriba. Esa actitud es encomiable. Lástima que la espada se le fuera abajo, porque el esfuerzo lo hizo sin guardarse nada.
De rodillas comenzó la faena al quinto en el mismo lugar que fue cogido Rafaelillo. Y lo intentó hasta el final, pero el toro fue deslucido y complicado.
Fue dos veces al caballo el segundo, pero ahí dejó la furia. Tuvo nobleza después y buen son, aunque salía desentendido de la muleta de Octavio Chacón, que lo puso todo hasta que el toro decidió rajarse. Perdió pie él justo cuando le estaba preparando para matar y el susto fue mayúsculo. Complicaciones desarrolló el sexto, que iba y venía pero se la tenía guardada en el momento inesperado. Oficio para salir del entuerto quiso sacar Chacón. La tarde había sido variada. Y más allá de ese sexto nos atrapaba de lleno el «Pobre de mí». Pamplona. Siempre.

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