En las películas policíacas es frecuente la escena en la que el fiscal le exige al sospechoso los datos de dónde estaba en tal y cual fecha en compañía de quien a tal hora. Uno cree que se trata de una exageración, porque es muy difícil decir con quien estuvimos y dónde, un par de días atrás.
Un caso que echa por tierra esta permanente duda en los argumentos cinematográficos, ocurrió el 4 de junio de 1985 en la Plaza de Toros Monumental de Las Ventas en Madrid. Aquella tarde, entre muchas tardes para mi muy importante, la guardo como un tesoro entre mis recuerdos de Madrid. Los datos muy claros, como le dije a Asdrúbal Blanco respondiéndole la pregunta ¿qué toro recordaba en mi vida de aficionado? Pues un toro muy hermoso de la ganadería de Manolo González, la tarde de la corrida 21ª del Abono de Madrid, que anunciaron con 500 kilos de peso y por nombre “Cumbreño”. Hermoso, insisto, bajo y con trapío sin exagerar el peso ni estar atacado con aspecto de toro elegante por cualquier rincón de su anatomía. Distinta su cornamenta, que sin ser exagerada, impresionaba por la finura de sus pitones. Tan afilados, que lucían como puñales en sus embestidas fieras que contagiaron de emoción los tendidos.
Viví en el tendido una gran emoción.
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| CUMBREÑO Y CAPEA EN EL DESCANSO DEL GUERRERO |
Frente a Cumbreño, un gran torero. No podía ser diferente. Ahí estaba el maestro Pedro Gutiérrez Moya “El niño de la Capea” que hacía apenas un mes, el 23 de mayo de 1985, había firmado una obra magistral que lo encumbro sobre los triunfos históricos en esa misma temporada y plaza de Espartaco, Ortega Cano y Antoñete que le habían antecedido en los momentos triunfales de la temporada de San Isidro de aquel año en Madrid.
El salmantino y el toro de Manolo González ocupan con total merecimiento, un lugar destacado en nuestro y también en el recuerdo de los grandes aficionados de la capital de España.
El Capea vistió de tabaco y oro. Inolvidable, como los lances iniciales. Inolvidables por “el quejío” de angustia, más que por el “ole” del goce en el remate de la suerte. Cumbreño en cada lance anunciaba que vendería muy cara su vida. Salitas dio una demonstración impecable de cómo picar un toro bravo. Lo hizo en el sitio justo, presentándole el pecho del caballo … los tres puyazos recetados por “Salitas” resucitan la suerte de varas, muerta durante toda la feria”, comentaría Vicente Zabala.
José Carlos Arévalo en su resumen de temporada se refiere a Cumbreño en la muleta “desafiante y pidiendo pelea, “engallado”. Capea no dudó, con “la muleta avanza seductora, con audaz osadía”.
El toro berreaba en los primeros muletazos, con “un sostenido berreo”, en palabras de Barquerito queriendo coger el engaño con ansia. El diestro, inteligentemente, lo sacó hacia los medios lugar donde la res demostraría todo su caudal de bravura. Su embestida, sostiene Alfonso Santiago era “contagiosa, pegajosa”, La monumental de Las Ventas, cuando Pedro Moya se colocó para matar recibiendo, era un clamor. Segundos duró el cárdeno de Manolo González de pie, Cumbreño se tambaleó, bailó de la raya para afuera la danza de la muerte y rodó sin puntilla”.
La plaza se pobló de pañuelos, “en una de las más unánimes peticiones de oreja de su historia”, manifiesta el aludido crítico taurino en la revista divulgada en el cincuentenario del ciclo venteño. El mismo periodista concluye su comentario sobre el festejo asegurando que “se había visto la faena de la década”. Por supuesto, le fueron otorgadas las dos orejas del animal.
Según el mencionado Vicente Zabala Capea recuperó “el sitio que había perdido e España”. El Niño de la Capea acababa de dar en el coso más importante del orbe taurino un verdadera clase magistral de toreo.


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