jueves, 6 de junio de 2019

RECUERDOS DE MADRID por Víctor José López EL VITO (I) La primera vez


CON EL MAESTRO ALAMEDA
 TARDE DE UNA GRAN LECCIÓN A CARGO DE PACO CAMINO

La primera vez que fui a la Feria de San Isidro en Madrid fue en 1974 cuando el abono de mayo anunciaba carteles y acontecimientos muy interesantes como fueron las confirmaciones de las alternativas de Mariano Ramos, Rafael de Paula y de El Niño de la Capea. Además, me dí el gusto descubrir Madrid en primavera y  tener contacto con el toreo en España en su expresión más acabada de lo que un aficionado pueda esperar de la fiesta de los toros. 
Con sus contrastes, como los claroscuros de don Francisco de Goya, con su polémica, como la permanente de Cánovas del Castillo, con su sentencia definitiva sobre el destino histórico de los toreros, como si de un Castelar se tratara. 
Madrid, como dice Ramón Gómez de la Serna, el último de los abrumadores cronistas de Madrid, "es la capital del mundo más difícil de comprender"; y, agrego yo, si las plazas de toros son el espejo de las ciudades, la plaza de Madrid será "la más difícil de comprender". Escribe Juan Antonio Cabezas que "de Madrid no puede decirse que 'le sale el sol por Antequera’. Le sale y le entra cada día por su calle de Alcalá"...Y por la calle de Alcalá, en Madrid, entra y sale el toreo. Para comprender el toreo hay que entender, primero, a Madrid, y luego hay que ver toros de Las Ventas de Madrid. 
De aquel San Isidro recuerdo tres tardes, como tres grandes joyas del toreo. La confirmación de la alternativa de Pedro Gutiérrez Moya "El Niño de la Capea", el retrato de la ambición profesional; la faena de Antonio José Galán a un toro de Alonso Moreno, como lección bravía; y los lances de Rafael de Paula, como pinceladas de un inacabado arte que aunque breves y escasas satisfacen a su incondicional grey. 
Asistí en compañía de Efraín Girón a Las Ventas, la tarde de la confirmación de la alternativa de "El Niño de la Capea". Un jovencísimo torero que comparaban con el maestro Paco Camino, cuando en realidad casi nada tenían en común. Tal vez la precocidad sabia de los elegidos. La corrida de Atanasio Fernández muy bien presentada, hermosa, con trapío, agradable, brava y sin bobaliconería, tuvo mucha movilidad y entre sus toros no existió la igualdad de comportamiento: los hubo desde el toro noble y franco, hasta el marrajo que se acunó en tablas, en la puerta de chiqueros, escarbando y defendiéndose. 
Recuerdo un instante de la corrida, cuando el toro se aquerenció en chiqueros y Francisco Rivera Paquirri, decidido, fue a por él, y Efraín comentó que allí, en ese sitio, "Pies de Búfalo" del duque de Pinohermoso, abrió en canal a César Girón.  Francisco Rivera escalaba con una temeraria entrega la cuesta de la fama, y allí en ese sitio le cortó la oreja al manso de Atanasio. La actuación de Palomo fue soberbia. Le recuerdo fulgurante, embutido en blanco y plata. Y lo de "El Capea" fue inolvidable. La plaza enloquecida, confirmándole como figura del toreo, subrayando aquello que demostró la tarde del mano a mano con Julio Robles y los novillos de Juan Pedro Domecq, aquí mismo en Madrid. Todos los presentes estábamos conscientes de presenciar el nacimiento de una gran figura del toreo. 
 Salí de la plaza emocionado. Fui hasta el Hotel Emperador, en Gran Vía, donde se alojaba Pedro en compañía de sus apoderados, los hermanos Javier y José Luis Martínez Uranga, primos hermanos de Manolo Chopera y conocidos por los taurinos con el nombre de “choperitas". Allí encontré a José Alameda, el gran periodista de la radio y de la televisión mexicanas, y fuimos, junto a José Manuel Rodríguez, representante de Paco Camino, a tomarnos un café y una copa en Callao, unas cuadras más arriba hacia la calle de Alcalá. Muy importante y trascendente en mi vida este contacto con José Alameda. Aún no le descubría como el océano inmenso que con una prosa y un verso, muy singular, regaría todas las playas del toreo. Le conocí, en ese momento, con gran superficialidad. Las luces de Madrid, como una marquesina, lo iluminaron y dejaron para admirarlo toda la vida. Alameda era conocido por sus grandes transmisiones radiales, en las que fue en un sentido rival de otro monstruo de la transmisión de las corridas por radio, Paco Malgesto. 
Nos contó Alameda que el año antes, en Burgos, transmitió para España por Televisión Española la corrida de la alternativa de El Capea. 
–No sabían quién era yo. Los telespectadores españoles acostumbrados al estilo de Matías Pratts, no lograban identificarme. Hasta que surgió la conspiración que en su momento llamé de "las navalonas y los marivisos", para denunciar el terrorismo profesional de Alfonso Navalón y de Mariví Romero. El primero adalid de una crónica ladrona y asesina, afirmaba Alameda, denunció mi filiación republicana ante las autoridades policiales del franquismo. 
Fernández Clérigo, destacado político de la República Española, fue el padre de José Alameda, cuyo nombre auténtico fue Luis Carlos Fernández López Valdemoro, nacido en la madrileñísima calle de Goya, donde ahora se encuentra la Cafetería California 47. Tomó el seudónimo para escribir y hablar de toros. José en honor de su admirado "Gallito", cuya voz escuchó en Marchena, Sevilla. El Alameda lo adquirió de la Alameda Central, de México, y de la Alameda de Hércules, de Sevilla. 
Todo lo pensó en su tienda de Curiosidades Mexicanas que tuvo cerca de la Alameda Central, vecino al Teatro de las Bellas Artes, en Ciudad de México, pues cuando buscaba el seudónimo para escribir, ya que no veía correcto usar el de Fernández Valdemoro, sintió que el Juan, por su admirado Belmonte, era mucho Juan de Pueblo, y que honrar a Gaona, con un Rodolfo, agradeciendo a México, era demasiada petulancia. Junto a sus nombres, días después, el 4 de noviembre de 1945 en la XEW, nació la frase que sería su bandera radiofónica y tarjeta de identidad: ‘‘El toreo no es graciosa huida, sino apasionada entrega". 
Años después nacería en el mismo sitio de la calle de Goya un torero madrileño que revolucionaría el mundo de la tauromaquia, con sus conceptos de sitio y de distancia: Antonio Chenel "Antoñete". 
Conocía de Alameda su libro Los arquitectos del toreo moderno, obra que realizó a manera de réplica del tema conceptual con el que Bergamín, en "El arte de birlibirloque" exalta a "Gallito". Travesura intelectual de Alameda que, más tarde, con profusión de obras y ensayos ratificaría. José Alameda representaba al consorcio televisivo mexicano, que en ese momento organizaba en España la transmisión de una corrida de toros llamada "La corrida mundial". Espectáculo que se transmitiría en directo desde Málaga, a México e Hispanoamérica. Entre café y copa me confesaría: “... cuando muera me recordarán por literato; no por las transmisiones de radio y de televisión". 
Como le admiré en su rol radiofónico me costaba trabajo creer que en otra disciplina de la vida pudiera superarse a sí mismo. Cuan equivocado estaba, aún me faltaba conocer su obra literaria, la más importante ensamblada por taurino alguno en la historia de la fiesta con la que hicimos contacto hasta el mismo domingo 28 de enero de 1990, cuando el Maestro decidió irse de este mundo.
Alameda fue siempre ‘el Maestro Alameda’, un maestro entre muchos profesores. Y sabiéndose mucho tiempo atrás que era un gran poeta, nos dejó en sentidos versos, su biografía, su autorretrato: 
Paso a paso he pasado por la Tierra/ camino a la muerte prometida/ Sin poder detenerme/Y la muerte me ha dado cada día/ un poco de su polvo. Y he vivido/ con una vida ambigua/ creciéndome la muerte por adentro/ detrás de la sonrisa/ Hasta quedar al cabo en un pequeño/ montón de huesos y ceniza/ Ese soy yo/ Tal es mi biografía. 
Fue hombre de las circunstancias, en el sentido del también madrileño Ortega y Gasset. A Carlos Fernández las circunstancias lo echaron de Madrid, de aquel Madrid de la época de Rafael Guerra “Guerrita”, y lo llevaron de niño a Marchena, Sevilla, donde en brazos del gallismo primero y más tarde del chicuelismo, bebió las gotas fundamentales de la leche del toreo. 
Ya hombre —como él mismo lo indica en su Retrato inconcluso— regresó a la Villa del Oso y del Madroño al compás de la vida. Se formó intelectualmente, casi sin estación de paso, hasta que el río de los acontecimientos lo arrojó sobre la playa de las circunstancias de la Segunda República, y en la expresión de sus intelectuales encuentra el cántaro donde se bebe su propia curva literaria, la del pozo de la generación de 1928. 
Aquellos acontecimientos y circunstancias de la España convulsa le llevaron al París Socialista, la ciudad de las libertades. Allí, en la ciudad de Víctor Hugo y de Zola y en las aulas de la Universidad de La Sorbona, remató sus estudios de Derecho Romano, y bebió tragos del periodismo de libertades y de protestas; y con un título de abogado –pergamino que olvidó en algún rincón de la bohemia parisién– para ejercer una profesión que jamás ejerció, partió de El Havre, noroeste francés, a Southhampton, Inglaterra. Saltó el Canal de la Mancha plagado de minas alemanas y llegó a Londres el 13 de febrero de 1940. 
Con un pie en Londres, muy distinta a esta Londres de los Juegos Olímpicos, y con la mirada puesta en el Nueva York que anunciaba Federico García Lorca, cruzó el Atlántico. Al pisar tierra norteamericana encauzó su destino por las líneas del ferrocarril, caminos y caballos de hierro sobre los que se erigió el gigante del capitalismo, la franja derecha de los Estados Unidos. Fueron trenes que le llevaron. 
Nació José Alameda en la madrileña calle de Goya, el 24 de noviembre de 1912, por lo que en noviembre de este año de 2015 se cumplirán 103 años del nacimiento del famoso periodista. 
Carlos Fernández Valdemoro, quedó fascinado con México. Encantado con el abigarramiento mexicano. Firmó con el nombre de Carlos Fernández Valdemoro, porque fue hijo de Fernández Clérigo, que había sido secretario de don Manuel Azaña. Era a su vez el nieto del marqués de las Navas, y con todo su cortesano linaje, Fernández Valdemoro era demasiado republicano. 
Así que, para cruzar la arena del toreo, y meterse en el corazón del pueblo taurino con alma de literato, se autonombra Alameda, por la Alameda de Hércules, allá en Sevilla, en recuerdo de Manuel Jiménez Chicuelo, y José, nada más ni nada menos que por Joselito. José Alameda nació, frente a la Alameda Central, de la Ciudad de los Palacios, el México que haría suyo y que exaltaría con su prosa, su poesía, la narrativa singular y personalidad admirable. Fueron 50 años de actividad. Medio siglo de cátedra permanente, de “apasionada entrega” a la fiesta de los toros. Vida catalogada a manera de índice, en su obra de literatura taurina: El arte del toreo Católico, Los arquitectos del toreo moderno, Los heterodoxos del toreo, La pantorrilla de Florinda y el origen bélico del toreo, Retrato inconcluso, Crónicas de sangre, La evolución del toreo y Al hilo del toreo, junto a una infinidad de artículos y reportajes que su larga trayectoria literaria preñó de positivismo taurino las páginas de diarios y de revistas del universo taurino. 
José Alameda será más recordado como literato que como incomparable relator y comentarista en los medios radiofónicos. Fue el más profundo de todos cuantos han existido. En coincidencia con su partida, Espasa Calpe lanzó al mercado de los libros su última obra Al hilo del toreo. Su trabajo periodístico fue una gran alabanza, grande por su pluma. A manera de agradecimiento por la dedicatoria que le hice del libro Solera brava, publicó un artículo en “El Heraldo de México”, su postrera tribuna taurina. 
Como ocurre cuando suceden estas cosas, el despacho informativo de la Agencia de Noticias llegó frío a la redacción aquella tarde de 1990. Simplemente anunció la muerte de José Alameda, “conocido periodista taurino”. 
Afortunadamente no fue así, porque quien ha escrito tanto, y tan bien, quien grabó su voz no en la mente y en el recuerdo, como él grabó la voz de “Gallito”, sino que hirió los electrones y se metió en cientos de cintas mil veces reproducidas, en videos y en magnetófonos, no puede morir. 
Allí, con ese tono leve de su grata voz, perfecta dicción, sonora prosa y verbo fácil, estará siempre José Alameda. Un crítico que con una frase podía hacer figura a un torero, y que al leer entre líneas pudo ser capaz de descubrir cosas profundas pero que nunca, jamás, hirió ni utilizó sus escrituras taurinas para atacar ni para participar en la vida privada de otros. 
La tarde anterior al fallecimiento me comuniqué con Guillermo Leal, en aquellos momentos su alumno más directo. Memo Leal fue directo y dijo que le quedaba poco “al Maestro”. Su busto se eterniza en tallas de duro pedernal o lustroso bronce. Hay uno en la “México” con el facsímil de su firma, otro en plazas y cosos taurinos, y uno, muy particular, en León, Guanajuato. 
Es una hermosa obra del escultorHumberto Peraza, con la dedicatoria del ganadero Alberto Bailleres, que dice: 
“A José Alameda, por su labor literaria en La Fiesta”. 
El bronce a sus espaldas tiene, grabado por el escultor, la Décima de las ascuas. Alameda, agradecido a Peraza, le escribió el siguiente poema, que hoy con su “graciosa” huida adquiere carácter trascendental. 
La emoción de la escultura cuando esculpido me vi, fue verme fuera de mí reducido en forma pura, deshabitada figura. Prisionera de tal suerte 
la imagen en bronce inerte tiene una emoción real, pues anticipa, inmortal,
el vacío de la muerte”.
José Alameda. 

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El triunfo fulgurante de "El Capea" se disipaba del ambiente venteño a medida que salían los encastados, bravos, peligrosos toros de Alonso Moreno. Manolo Cortés, torero de impresionante profesionalismo y de grandes recursos, no pudo con el desbordante genio de los toros andaluces. Paco Bautista fue incapaz de soportar los arreones de los saltillos. Cortés y Bautista pasaron a la enfermería. En el hule estaba Antonio José Galán, que había abierto la puerta de la sala de curas. Era tarde con olor a cloroformo y gasas. Había ambiente de tragedia. Saltó de la camilla Antonio José Galán. En el ruedo sólo quedaban las asistencias. Los matadores habían hecho mutis del escenario. Le recuerdo al bravo torero de Bujalance sin chaquetilla, con la camisa destrozada y el chaleco hecho jirones. Salió hecho un ciclón y le arrancó la muleta de la mano al mozo de espadas. Se fue hacia los bajos del palco de la autoridad, y con una rodilla en tierra se dobló con el bravísimo astado. 
Luego, por el otro pitón y cuando nadie se había enterado, relajado cada nervio de su ser, trazaba en los medios de la plaza de Madrid los más reposados, templados y toreros naturales que se hayan visto en el corazón del toreo. Aquella tarde conquistó Galán todos los trofeos de la Feria de San Isidro. Aquella tarde Madrid le hizo figura del toreo. Otras tardes vendrían como la del rabo al toro de Miura en Sevilla, la de la tormenta de Pamplona, vendrían muchos gestos que coronarían gestas, pero fue la tarde de los toros de Alonso Moreno, cuando Galán se quedó sólo en la plaza de Madrid, la que le hizo alguien en el toreo. 
Dijo Campos de España, experimentado periodista taurino cuando en "La Venta del Gato", sala de fiestas propiedad de mi viejo amigo Rafael Pantoja, resumía la tarde torera en un coloquio entre taurinos que "en el toreo hay tres capotes: el de paseo, el de brega... y el de Rafael de Paula". 
La tarde de aquel día, con un traje pizarra y oro, con chaleco recamado, el jerezano Rafael de Paula había ido a la plaza de Las Ventas a confirmar la alternativa que había tomado allá abajo, en su rincón, hacía, más o menos, diez años atrás. Demasiado tiempo había esperado, según los ortodoxos. Nunca debió haber ido, decían los gitanos. De gitanos se llenó Madrid. Pelos azabache, prensados y atados en la cola, en las mujeres. Camisas blancas con el pecho abierto, descubriendo reliquias y medallas, en los hombres. La raza de bronce presente en Las Ventas para la confirmación de su torero, Rafael de Paula. Palmas por bulerías acompañaron el paseíllo, para animarlo. Ánimo fue lo que le faltó a Rafael, pues la tarde transcurría sin noticias y en medio de una plomiza mediocridad. Hasta que un toro, que no era el suyo, que no era toro de Rafael de Paula, salió rebotado de un caballo y encontró en su camino al "capote de Rafael de Paula". Impresionante dejadez, total la entrega, la mano de salida un poco alta, cimbreante la cintura y hundido el mentón, sólo acompañó el viaje y... ¡Saltó del tendido el primer "quejío"!... Unos pasitos hacia adelante, de nuevo en el viaje del toro, y el segundo lance y... ¡Saltó del tendido una explosión!... Al tercero, la hecatombe y con el remate de una media verónica, ceñida, singular, diferente, nació el comentario de Rafael Campos de España en "La Venta del Gato": "en el toreo hay tres capotes: el de paseo, el de brega... y el de Rafael de Paula". 

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