sábado, 8 de junio de 2019

RECUERDOS DE MADRID (III) Cuando Rovira se hizo figura del toreo Por Víctor José López EL VITO


Era costumbre de Rovira reunir a los amigos para comer y pasar la tarde en grata y rememorativa tertulia. Aquella tarde encomendó a Roa, joven periodista,  amigo de Raúl que se encargara de reunirnos en Madrid como El Tano lo hacía en Lima, Caracas o en México. Eran los integrantes de aquella peña, amigos de antes, de ahora, de siempre Gabriel Alonso, Manolo Lozano y Alfonso Ramírez El Calesero, Memo Salas, El Catire Álvarez, Gabriel España, Alfredo Leal, Antonio Lomelín y personajes del espectáculo relacionados con la actividad de su hijo Emmanuel, como fue el caso de Manuel Alejandro el genial compositor. 
“El Bola”, como Raúl llamaba a su hijo Emmanuel desde que Manolito González le bautizara en el Hotel del Prado de la Ciudad de México, inspirado el sevillano en la nube de felicidad que le produjo el triunfo inmenso alcanzado en la Plaza México, dijo sospteniendo en sus brazos al rubio  niño: “!Es que es una bola de oro este crío! … “El Bola”, sus primeros pasos vocacionales fueron en el camino del toreo.  Caminó en tentaderos y plazas de toros junto a los hijos de toreros famosos como Silveti y Arruza y Armillita, los “juniors” de quienes fueron figurones del toreo en los mejores días de Rovira cuando competía con el mismísimo Manolete, o con Carlos Arruza, Parrita y Manolo Escudero entre los más destacados. 
Más tarde con Luis Miguel Dominguín, como referiría Gabriel Alonso aquella tarde madrileña reunidos los amigos de Raúl en el Asador del Frontón en Velazquez. Un día camino a Alicante – cuenta Gabriel Alonso, amigo desde que en Caracas en los años cuarenta compartía con Rovira pensión en la posada El Sport, que administrada Piquito Brenes por encargo del Catire Álvarez – sumergido Raúl en en el tedio que produce la monotonía, abstraído en la lectura de un extenso reportaje de Capdevila en ABCen cuyo relato se ponderaba el anuncio que hiciera Luis Miguel Dominguín de que se iba a encerrar con seis toros de Villagodio en Las Ventas. Capdevila comentaba que un gesto así tendría mucha repercusión, “porque se hacía abriendo la temporada y porque la largura de Luis Miguel como torero daba por descontado la variedad del espectáculo”.
 Llegando a Alicante Rovira llamó a Madrid a su apoderado, para preguntarle si había leído lo del ABC y el anuncio de Luis Miguel. Le propuso al representante hacer lo mismo, es decir, encerrarse con seis toros, pero antes que lo hiciera Dominguín. 
Su apoderado le dijo que no había toros aptos para un gesto como ese en Madrid y que los únicos a los que podían recurrir eran los de la corrida del Marqués de Albarda, procedentes del Conde de la Corte que rechazaban todos los que la veían en los corrales de Las Ventas. que todos los toreros de toda España por corralones, porque era fea de hechuras, pasada de kilos y de años. 
Aquella tarde toreaba Rovira con Luis Miguel en Alicante y fue el momento que Raúl le dio inicio a “su guerra” con Luis Miguel. El primer ataque fue cuando en banderillas le ordenó a Pepe Amorós, su banderillero, a toda voz:  “Vamos, Pepe, enséñale a éste cómo se ponen las banderillas”. 
Luis Miguel, aquella tarde, no se atrevió a colocar un solo par. Rovira se arrimó tanto, y armó tal lío, que le cortó la pata a uno de sus toros. Es famosa la foto de la pata de Alicante ya que mientras Raúl exhibe el trofeo Luis Miguel le mira de reojo, con marcado coraje en su enrabietada cara. 
Al terminar la corrida le dijo a su apoderado que le anunciara para matar el jueves lo seis toros de Albayda en Madrid. Rovira triunfó, mató los seis toros de seis estocadas, cortó cuatro orejas y la multitud lo sacó a hombros de la plaza por Alcalá y lo llevó hasta la Calle Princesa, hasta la casa donde vivían los dominguines. Desde aquel día las autoridades prohibieron sacar a hombros a los toreros más allá de la glorieta, al frente de la Monumental de Las Ventas. A Raúl ese día lo llevaron en andas hasta más allá de la plaza Manuel Becerra. 
El éxito de Rovira hizo crecer la curiosidad por saber qué podía hacer Luis Miguel el domingo con seis toros. El madrileño no estuvo bien, apenas cortó una oreja. Rovira, que sabía cómo provocar,  fue a la plaza a ver a su rival y en medio del fracaso de Dominguín se salió al tercer toro. 

La rivalidad con el menor de los Dominguín estaba en ebullición. La venganza de Luis Miguel surgió en la plaza Monumental de Chacra Ríos en lima, al cruzársele a Rovira en un quite. Raúl, enfadado, se fue hacia Luis Miguel y le abofeteó. Más tarde, ese mismo día, Luis Miguel envió a su cuadrilla para que le pegaran a Rovira. 
Pasado el tiempo un día en el Perú que comíamos en La Rosa de los Vientos, en la Costa Verde, la Playa de Lima, me relataba que siendo empresario de la Plaza de Acho cuando contrató a Luis Miguel para su reaparición la Virreinal Lima. “Es un buen gaché –me decía Raúl– lo que sucede es que tiene muchos cojones. Para contratarle más valía deponer posiciones de orgullo que cuestiones de dinero. Tenía en la manga, señala Rovira, las barajas de El Cordobés y de Palomo Linares para jugar; pero al que quería era a Luis Miguel. 
Dominguín vino a Lima con sus hermanos  Domingo y Pepe. Cuando nos vimos no nos saludamos. Dominguito, que era un genio, terció y haciéndose el pendejo dijo: “¿Por qué no os dais la mano?”. Le di a Luis Miguel más dinero que a nadie; le pagué 20 mil dólares, pero él creía que ganaba igual que Palomo, al que le cancelé 15 mil. La venganza estuvo en hacerle creer al público que sustituía a El Cordobés, que no vino a Lima. Para Luis Miguel más valía la categoría que el dinero. Yo lo sabía. Cómo sería de tío Luis Miguel que le tocó un toro manso, ilidiable y sin embargo me defendió la corrida arrimándose como un bárbaro. Ha sido un tío Luis Miguel, no hay duda”. 
Se hizo figura del toreo, y con el reconocimiento regresó a Lima para enrostrarle a Fernando Graña y a los señoritos toreros que estuvieron equivocados al pronosticarle el fracaso. Raúl Acha Rovira compitió con Graña como empresario, y le quitó Acho. Antes de que la Beneficencia se decidiera por Rovira, Graña fue a visitarle. No aceptó la copa que le invitó Raúl; y, sin siquiera sentarse, le amenazó diciéndole que le encontraría como enemigo a sus aspiraciones. Rovira le respondió “tu sabes que el enemigo soy yo. Si no lo supieras, no hubieras venido. Lo que me da gusto es que sabes que ‘ese argentino’ sí ha podido ser torero y sabes que también será empresario de Lima”. 
En tiempos de Juan Domingo Perón quiso presentar corridas de toros en Buenos Aires. Compró corridas andaluzas de Felipe Bartolomé, el Conde de la Corte y Juan Pedro Domecq. Estaban listas para ser embarcadas en el Puerto de Cádiz. Perón había dicho que sí al proyecto. El general le llamó un día a Rovira y le comunicó que la Sociedad Protectora de Animales se oponía “porque iban a matar a los animalitos”.
 Las sociedades protectoras de animales siempre han tenido fuerza en los gobiernos fascistas, donde cunde la hipocresía y se maltrata al ser humano y a sus derechos. Rovira, al escuchar lo que decía el general Perón, perdió los estribos, cosa nada rara en él, que siempre tuvo un carácter tremendo, y le preguntó “¿Por qué no dicen nada de la gente que ata el gobierno?”. Acabó la luna de miel con el general, vieja amistad que había nacido cuando Perón era coronel y Rovira camarero del café donde Perón y Eva Duarte, actriz de poca monta entonces, se veían a escondidas. 
Tuvo Raúl que marcharse a Lima. 

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