miércoles, 24 de octubre de 2018

UN POETA QUE SOÑABA CON TOROS DE OJOS VERDES

El ganadero brujo tenía una extraña personalidad que cautivó a muchos


Murió pobre en Madrid, pero se había criado en Sevilla en una casa solariega en la calle de los Alcáceres, la misma en la que fallecería Santa Ángela de la Cruz. Fernando Villalón quiso que lo enterraran con un reloj para que un tic-tac siguiese sonando bajo la tierra. El latido de la vida, la vida que puso en el camino a Rafael Alberti en un encuentro organizado por Ignacio Sánchez Mejías. Fue justo el día en que se cumplían siete años de la muerte de Joselito en Talavera.
Y mientras escribía el poema «Joselito en la gloria», en el hotel París, Sánchez Mejías irrumpió en la habitación y presentó a Alberti «a lo más grande de Sevilla». Lo más grande era don Fernando Villalón, «un hombrón ancho, fuerte, con fiera planta de toro y ganadero a un mismo tiempo», que extendió su «manaza» al «mejor poeta novel de toda Andalucía». 
Y cuenta Alberti en «Imagen primera de Fernando Villalón» (recogida en «Índice de artes y letras») que aquel hombre sonriente que acababa de conocer «era nada menos que el famosísimo ganadero sevillano de reses bravas, brujo, espiritista, hipnotizador, además de conde de Miraflores de los Ángeles y... poeta novel».
Aquella misma tarde intimaron en Pino Montano, la finca de Ignacio, y en posteriores días «de auténtica borrachera arrebatada, de sorprendente coincidencia en la luz y lírico entusiasmo por aquella nuestra Andalucía la Baja». 

La última locura

El autor de «Marinero en tierra» explica que conoció a Villalón ya arruinado. Sus amigos eran «los mayorales que guardaban sus toros, los gitanos, los mozos de cuadra, toda la abigarrada servidumbre de sus fincas y cortijos, además de cuanto torerillo ilusionado rondaba sus dehesas». Y narra que los envidiosos y chungones andaban escandalizados con la última locura del ganadero. «Se decía -y más de alguna vez me lo refirió el propio Fernando- que su ideal como ganadero de reses bravas se cifraba en obtener un tipo de toro de lidia que tuviera los ojos verdes, haciendo para conseguirlo tales trazas y combinaciones con vacas traídas de lejanos países, que las crías, en vez de ostentar en los ojos el color perseguido, eran tan bravas y nerviosas que los toreros de aquella época -Joselito y Belmonte, sobre todo- se negaron rotundamente a torearlas». 
Son muchas las anécdotas que recoge el poeta del 27, como aquellos seis meses en los que Villalón se encerró en un sótano con una cabra y un sapo, comiendo solo verdura. O su paraíso de Adán y Eva. Cuentan que hizo una isleta desierta en la desembocadura del Guadalquivir. «Con la idea de poblarla, decidió que un pobre matrimonio, a quien llamaba Adán y Eva Benítez, viviera en aquel sitio peligroso. Y, efectivamente, cuando el agua subía, tragándose la isla, solo quedaban en medio de las olas, asomadas por los ventanillos de una garita que les había edificado, las aterradas cabezas de los esposos pobladores pidiendo socorro». 

La periodista y escritora Eva Díaz Pérez resumía en ABC hace unos meses: «Todo en este escritor era singular, extravagante y delicioso. Arruinado por su sueño de toros mitológicos y acosado por los acreedores, tuvo que marcharse a Madrid. Poco después murió tras una operación de piedras en el riñón que se complicó. Quiso ser amortajado con ropa de campo, botas de montar y espuelas. En "La arboleda perdida", Alberti apuntaba el dato macabramente lírico del último deseo de Villalón: que lo enterraran con un reloj de leontina en el chaleco para que, al menos durante doce horas, siguiera sonando un latido bajo tierra».

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