Jesús Enrique Colombo a hombros y con él "Juachi", el niño que representa otro gran triunfo en la batalla jurídica que echa abajo la prohibición de asistencia de los niños a los toros.
El indulto lo logró para el sexto y último, Don Diego, de la memorable tarde, pero el fenómeno tachirense, Jesús Enrique Colombo, ya había formado un lío gordo cortando las orejas de su primero, Omarcito, que le brindó a su emocionada madre ubicada en el tendido. Antes y después de este toro la corrida discurría con gran interés por las buenas actuaciones de Luque y César Vanegas, con la no menos buena corrida de Ramírez; pero cuando saltó a la arena el sexto toro mostrando brío, raza y fijeza, y con la firme decisión Colombo abriéndose de capa, ya se barruntaba la explosión de entusiasmo que se produciría entre el gentío que casi abarrotaba la Monumental merideña "Román E. Sandia". ¿Qué mejor forma de celebrar su 50º Aniversario de su construcción? pues, efectivamente, ahí aparecía un titán llamado Colombo, tal como su padre se anunciara en los carteles, haciéndose cargo de la brega y dirección de lidia de un bravo ejemplar que derribó a pulso al montado del castoreño y acometía a todo lo que se movía por el ruedo.
Colombo impuso el orden necesario sobre el ruedo de merideño, y tomando los palos enardeció al público como excepcional rehiletero que es continuando la saga de toreros venezolanos como los Girón y Morenito de Maracay.
Tomó los trastos para el último tercio y montera en mano se dirigió raudo y veloz a un burladero para brindar el colorao, a Juan Lamarca, dirigente del Círculo Taurino Amigos de la Dinastía Bienvenida, entidad ésta a la que tan vinculado está el nuevo fenómeno de la torería desde sus iniciales aspiraciones.
Se le veía en la mirada profunda el objetivo a lograr que no era otro que la gloria en su tierra, de vuelta tras su triunfal campaña en ruedos europeos. No solo el enemigo a batir era Don Diego, había y hay otros coloraos escarbando y derrotando en el entorno, pero el toro de Ramírez se le presentaba como la aldaba resonante para propios y extraños. Ahí se fue Colombo hacia él como si se le acabara el tiempo en una actitud de guerrero invencible con el cuchillo entre los los dientes. Desde el primer muletazo, hasta el último metiendo al toro al que le salvó la vida por la puerta de toriles, Jesús Enrique Colombo convirtió la plaza en un manicomio con el público en pie en aclamaciones continuas. A la afición se le hacía un nudo en la garganta y a no pocos se les humedecían los ojos, el público rugía, y entre todos ellos renacía la natural autoestima de un pueblo humillado y arruinado por el odio de la opresión comunista, y así de nuevo gracias al toreo y a la heroicidad de un jovenzuelo estandarte de gallarda torería de la taurinísima Táriba frente a la indómita fiera, se ofrecía como depositario de las nobles y "arrechas" virtudes que hicieron grande a su patria en otros tiempos. Ahí se simbolizó, sobre el gran escenario del Municipio Libertador, la lucha de la Venezuela decente contra otra alimaña que no merecería el indulto, y que se erigirá triunfante al igual que Jesús Enrique Colombo orgullo de Venezuela.
Redacción 'Del toro al infinito' blogspot

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