martes, 5 de diciembre de 2017

CARLOS CASTAÑEDA Dictadura y Democracia




Quizá el único entorno social donde dos sistemas opuestos de gobierno conviven es en la fiesta de los toros.
En los toros la figura manda. Dicta. Por eso es un puesto que muy pocos ocupan, aunque varios se ostenten. Los pocos privilegiados que han logrado este reconocimiento han cumplido tres condiciones de acuerdo a la definición  - que comparto – de mi amigo Chacho Vázquez: “es figura del toreo aquel que: aporta a la fiesta, acumula sapiencia y genera dinero.” Se escribe fácil. Se logra muy poco. Y normalmente por poco tiempo. Inclusive en los  tiempos actuales en los cuales parece que la infancia se acorta, la juventud se alarga y la vejez no llega.
En la fiesta el juez superior es el público, el cual reunido en la plaza al convite de toros y toreros,  en un ejercicio democrático puro, decide premios y castigos. Ensalza y entierra. Da vida y muerte. Todo en el marco de la engañosa perfección de la democracia. Y la figura del toreo, dictatorial por esencia, tiene que llegar al pleno a presentar argumentos, a dirimir diferencias, a acortar distancias. Solo en nuestra fiesta conviven dos corrientes de naturaleza opuesta.
Las relaciones de amor, odio, engaño y desengaño entre figuras y público son atemporales. Emanan de esta misma dicotomía.
El domingo vimos al único torero que ha estado en la cima del toreo desde el día que comenzó sin bajarse nunca. Por 28 años. Ningún torero en la historia moderna del toreo lo ha logrado. Ha habido toreros más longevos, obviamente con más edad que él, pero ninguno en una condición de figura del toreo , estado físico, dominio técnico y expresión artística como Enrique Ponce desde el día que comenzó Y no se ve que su juventud y su reino terminen. Y esto no admite discusión. Figura histórica de nuestra época y de cualquier época.
La historia de amor de La México con sus toreros siempre ha sido todo o nada. El día 3 la entrega fue total. No voy a escribir en braille lo que provocó la “apasionada entrega” entre lo que quienes lo vimos y tanto disfrutamos. 18,000 aficionados ejerciendo al máximo el mando que les otorga la democracia. Premiando y disfrutando el hacer perfecto de un torero sin límites.
Puede gustar o no. Lo que no es posible es negarlo. Como también es imposible negar el silencio de los que no fueron. Esta tarde y la anterior. Y muchas otras.  Y la dificultad de volver a llenar la plaza al no ser en festejos específicos.
Callar en ausencia, también es opinar. Es parte de la democracia. Porque para muchos de nosotros, no todos, el toreo no es un ballet, es un ritual, una ceremonia. Con un toro. Con edad, con bravura, la que contiene en equilibrio casta y nobleza, con peligro, que no es lo mismo que riesgo. Con heroísmo.
Aquí estaremos esperando que la dictadura y la democracia un día se pongan de acuerdo.

Carlos Castañeda Gómez del Campo  
5 de diciembre de 2017.



       

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