Quizá el único entorno social donde dos sistemas opuestos de
gobierno conviven es en la fiesta de los toros.
En los toros la figura manda. Dicta. Por eso es un puesto
que muy pocos ocupan, aunque varios se ostenten. Los pocos privilegiados que
han logrado este reconocimiento han cumplido tres condiciones de acuerdo a la
definición - que comparto – de mi amigo
Chacho Vázquez: “es figura del toreo aquel que: aporta a la fiesta, acumula
sapiencia y genera dinero.” Se escribe fácil. Se logra muy poco. Y normalmente
por poco tiempo. Inclusive en los tiempos actuales en los cuales parece que la
infancia se acorta, la juventud se alarga y la vejez no llega.
En la fiesta el juez superior es el público, el cual reunido
en la plaza al convite de toros y toreros, en un ejercicio democrático puro, decide
premios y castigos. Ensalza y entierra. Da vida y muerte. Todo en el marco de la
engañosa perfección de la democracia. Y la figura del toreo, dictatorial por
esencia, tiene que llegar al pleno a presentar argumentos, a dirimir
diferencias, a acortar distancias. Solo en nuestra fiesta conviven dos
corrientes de naturaleza opuesta.
Las relaciones de amor, odio, engaño y desengaño entre
figuras y público son atemporales. Emanan de esta misma dicotomía.
El domingo vimos al único torero que ha estado en la cima
del toreo desde el día que comenzó sin bajarse nunca. Por 28 años. Ningún
torero en la historia moderna del toreo lo ha logrado. Ha habido toreros más
longevos, obviamente con más edad que él, pero ninguno en una condición de
figura del toreo , estado físico, dominio técnico y expresión artística como
Enrique Ponce desde el día que comenzó Y no se ve que su juventud y su reino
terminen. Y esto no admite discusión. Figura histórica de nuestra época y de cualquier
época.
La historia de amor de La México con sus toreros siempre ha
sido todo o nada. El día 3 la entrega fue total. No voy a escribir en braille lo
que provocó la “apasionada entrega” entre lo que quienes lo vimos y tanto
disfrutamos. 18,000 aficionados ejerciendo al máximo el mando que les otorga la
democracia. Premiando y disfrutando el hacer perfecto de un torero sin límites.
Puede gustar o no. Lo que no es posible es negarlo. Como
también es imposible negar el silencio de los que no fueron. Esta tarde y la
anterior. Y muchas otras. Y la
dificultad de volver a llenar la plaza al no ser en festejos específicos.
Callar en ausencia, también es opinar. Es parte de la
democracia. Porque para muchos de nosotros, no todos, el toreo no es un ballet,
es un ritual, una ceremonia. Con un toro. Con edad, con bravura, la que
contiene en equilibrio casta y nobleza, con peligro, que no es lo mismo que
riesgo. Con heroísmo.
Aquí estaremos esperando que la dictadura y la democracia un
día se pongan de acuerdo.
Carlos Castañeda Gómez del Campo
5 de diciembre de 2017.

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