Los días de su miserable
origen fueron apenas tocados de soslayo por sus entrevistadores, quienes
sobrevolaron la realidad, terrible y aterradora, como las garzas sobre las lagunas de las sabanas. Su
referencia en la hemeroteca no es
más que una cuestión simpática, folclórica, carente de la lección vibrante en
un venezolano hecho a la medida,
para el segundo episodio del Siglo XX y de inevitable referencia al alba
del Siglo XXI.
Hoy, en las hemerotecas y
bibliotecas si las buscáramos, encontraríamos los coloquios de quienes se le
acercaron al Girón triunfador.
Magníficos escritos de Fernando Claroumont, la
reseña crítica del mexicano Carlos León Quesada, el análisis histórico del
académico don Gregorio Marañón o de la filosofía de la técnica del toreo
del periodista don Gregorio Corrochano.
Las conversaciones con Miguel Otero Silva y Arturo Uslar
Pietri, que salpicarían relatos anecdóticos de estos dos genios literarios
criollos en sus aproximaciones a la Fiesta de los Toros.
Fue entrevistado, no una
sino muchas veces, por periodistas importantes en nuestro medio como lo han
sido Omar Lares, Abelardo Raidi, Mariahé Pabón, Pepe Cabello, Federico Núñez,…
Entrevistas al triunfador, al epicentro del terremoto, o a las miradas del
conquistador.
Ninguna se le raspó en la
lata de las empanadas, o se le buscó en la gota del frasco de guarapo de piña
que se vendía a locha el vaso.
Los caminos cruzados por
Girón, para llegar a los toros, son los mismos senderos polvorientos que día a
día siguen andando los niños y niñas de este pueblo incomprendido.
No son los caminos que van a
las fincas, ni los que llevan a los maletillas al tentadero. Fueron las
trochas, las acequias, los montes y sabanas que harían un delicioso guión a
Leonardo Padrón quien, con su visión cinematográfica del acontecimiento, tiene la capacidad de provocar aromas,
calores y colores en su narración: es que Girón amaneció para el toreo en el
techo de la mezquita del Calicanto,
para descubrir a Manolete y Arruza. Soportó el sahariano ardor del sol
de Aragua, hasta las cuatro de la tarde en Maracay, para como una lagartija
colarse entre la multitud y ver de cerca de los ídolos de la Fiesta.
Girón es una pinza que aprieta la vida nacional, entre una revolución que nunca
fue y un revolcón que duró demasiado. En ese lapso, limbo de tentaciones, se subió a un ring de boxeo estimulado
por el ejemplo de Oscar Calles, cogió rolins en la sabana recibiendo pelotazos en
la jeta, porque la pelota y los puños eran los únicos caminos que
podían coger los muchachos en Venezuela
para salir de pata en el suelo.
César Girón era uno de esos
Imposibles que, con maestría, Leonardo Padrón nos mete en casa cada noche de domingo. Son los
protagonistas en la Venezuela auténtica, o como la llaman los antropólogos, los
actores en la Venezuela profunda y sin afeites, con sus ilusiones intactas. Son
ellos quienes nos ayudarían en la comprensión y entendimiento del galimatías en que hemos convertido
lo cotidiano.
Es por ello pues, que esta
semana, invito a mis amables lectores compartir en esta página una relación
que, Padrón, no traerá a los Imposibles pero que,
propongo, sirva para comprender ese pedazo de Venezuela que nos tratan de
quitar elementos exógenos, extranjeros, con una doctrina rara que crece en el
mundo, con la plasticidad de lo impuesto y la fragilidad de lo artificial.
Me refiero a la Doctrina del
Animalismo Contemplativo, religión que tiene en Walt Disney su gran gurú,
interpretado por mil cabezas, como si fuera Cristo, con cientos de desviaciones
y complicaciones.
Esta revista de festejos
celebrados en el Nuevo Circo de Caracas es un intento radiográfico de la
columna vertebral de una pasión taurina. La pasión del amor odio que vivieron
César y su ciudad natal. … Con todos pudo, ante todos fue César Girón.

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