
Benítez, inmortalizador de "Voy y vengo", y Echenagucia, su criador, los dos en triunfo de apoteósis taurina
EL VITO
Hubo una tarde en la que un camión con cajones embarcó una corrida de toros para Mérida, salió de aquellas montañas donde duermen los valles de los Pueblos del Sur, rumbo a la Monumental.
Tenía la divisa naranja y verde, tocada con el negro del luto por la reciente muerte de la madre de doña Mariela, un compromiso en la Feria del Sol. Fue aquella la tarde cuando el mayoral Ventura Peña, le dijo al ganadero Orlando Echenagucia. “Ahí, en esos cajones, va un toro que volverá”.
Se refería Ventura a que tenía que volver a Canaguá a padrear en las dehesas de La Cruz, donde le esperaban hermosas vaquillas del mejor de los encastes venezolanos. Era un toro pequeño, bien armado, muy bien cortado y sabían sus criadores que se lo iban a pelear en el sorteo. Iba el torito como sobrero, aunque la igualada de la corrida se rompía en armonía, con un cárdeno fortachón que desentonaba, y como “carta marcada” al torito habría que dejarlo en la corrida.
“No te preocupes Ventura, si merece regresar,ha de volver”, fue la respuesta de don Orlando, y por ello le bautizaron, al toro marcado en el lado del ganadero con el número distintivo 504 con las dos palabras, “Voy y vengo”.
“Voy y vengo” no desentonó ante sus arrogantes hermanos, más bien causó admiración en el lodazal destinado a las reses de La Cruz de Hierro. Llovía mucho aquellas tardes, y antes llegaron dos corridas de Hugo Domingo Molina y de Miguel Gutiérrez, que se posesionaron de los primeros corrales.
Más tarde “Voy y vengo”, con sus hermanos, fue trasladado a uno de los corrales de abajo, para facilitar el sorteo.
Aquella tarde de la corrida de “La Cruz de Hierro”, fue una tarde lluviosa, como había sido la tarde que se embarcó la corrida… ”Me gusta cuando llueve…”, dijo sin rematar la frase Echenagucia, recordando capítulos de su ganadería escritos por toros de grandes faenas en Caracas, Valencia, San Cristóbal…
Cuando en el sorteo “Voy y vengo” le tocó a Leonardo Benítez, con dos cojones el ganadero le dijo al torero: “Te lo brindo”. Un desplante arrogante, que dice mucho y dice bien de un criador de toros. Sabemos que los toros no tienen “palabra de honor”, pero en el toreo la “palabra de honor” es el documento más apreciado.
Iba aquella tarde del cinco de marzo por el sendero del triunfo grande. La plaza había estallado en emociones en el tercio de banderillas, elevado al paroxismo por las condiciones de Antonio Ferrara, Leonardo Benítez y del mexicano Joselito Adame. En los tres primeros toros Benítez y Ferrara había cortado orejas, y Adame participaba de la fiesta hermosa del triunfo de una divisa ganadera. “Ahora es que viene lo bueno…”, le comentó Echenagucia a sus compañeros de barrera, Luis Medina y José Plas, quienes flanqueaban al ganadero en esta tarde que a la postre sería histórica en los anales de la Feria del Sol…
¡Y salió “Voy y vengo!”, y su temple en las embestidas al percal hicieron del capote de Leonardo Benítez una flor. Variedad infinita la del torero de La Vega, hombre convertido en diapasón, maestro de la templanza, director de un concierto de bien torear … Y así, la faena grande, faena iniciada de hinojos sacándole a “Voy y vengo” de las tablas, donde había rematado el mal colocado capote de un peón, para luego por ayudados y trincherillas llevarlo hasta el corazón de la arena serrana y convertir el coso andino en un jolgorio en el que cada muletazo, de largo e infinito trazo, transportaba al más sensible de los aficionados al éxtasis paradisíaco al que sólo se llega al convertir en unidad de expresión la fusión entre toro y torero … Y lo mató, lo hizo Benítez de una buena estocada.
¿Pudieron haberle perdonado la vida a “Voy y vengo”, para que se cumpliera la profecía? Pudieron, pero Leonardo Benítez en sus funciones profesionales prefirió que a las dehesas de La Cruz de Hierro regresara, no un toro, el cartel rescatado de una gran ganadería, de un buen mayoral y de un señor ganadero, injustamente condenados al ostracismo por haber cometido el pecado de la integridad.
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